Palabras de Ernesto Sábato en la Conferencia
Paz en la Paz
EL CONSUMO NO ES UN SUSTITUTO DEL PARAÍSO
Ernesto Sábato
Agosto 14, 2002, San Juan, Puerto Rico
He querido venir hasta acá, a mis 91 años, porque al igual
que todos ustedes vivo angustiado por el destino del mundo. El amargo
presente al que nos enfrentamos, exige que nuestras palabras, nuestros
gestos, nuestraobra, se consagren, como verdadero cumplimiento de nuestra
vocación, a expresar la angustia, el peligro, la incertidumbre,
pero también la esperanza, el coraje y la abnegación de
la sufriente y heroica humanidad.
En medio de esta tremenda situación, cada hombre y cada mujer
están llamados a encarnar un compromiso ético, que lo lleve
a expresar el desagarro de miles y miles de seres humanos, cuyas vidas
han sido reducidas al silencio a través de las armas, la violencia
y la exclusión.
Tener una historia, poderla contar y en torno a ella reunirnos, es encontrar
un hilo conductor con el que hilvanar los pedazos de la vida que, sin
ella, son fragmentos sin contexto, partes de ningún todo.
Occidente, desde la Biblia, desde su mito fundacional del paraíso
perdido, ubicó el problema ético, el problema del bien y
del mal como origen y centro de su historia. Desde allí el hombre
parte hacia la historia que estamos aún recorriendo. La que guarda
en la memoria el bien perdido, y la esperanza del bien a recobrar. Para
la Biblia, en el principio era la Ética. Pero Occidente se expandió
por el mundo, conquistó cuanto halló a su paso, dominado
por el principio fáustico, que designa el ansia europea de expansión,
de conquista, de colonización de la realidad.
Cuando Fausto en la obra de Goethe, busca traducir el comienzo del Evangelio
de San Juan, donde se lee "En el principio era la Palabra ",
después de mucho pensar, termina encontrando la traducción
que considera la correcta para los tiempos que se inician, y escribe "En
el principio era la Acción". Desde entonces la moral intrínseca
a ser hombres, lo que genuinamente nos constituye como tales, la pulsión
hacia el bien y el mal, esa invitación sagrada expresada como origen
de nuestra vida, fue dejada
de lado para llevar adelante la acción. Entendiendo por tal, la
conveniente a nuestros fines. Y así, con la Biblia en la mano,
pero el espíritu fáustico en nuestro corazón y en
nuestro obrar, llegamos a todas las regiones del mundo.
Hoy, frente a la tragedia que vive la humanidad, debemos unirnos para
recobrar, creándola, una narración que nos incluya como
pueblos hermanos del mundo. Ya que si el origen del comportamiento ético
está en mi, su cumplimiento no soy yo, la ética es el otro.
Y ésta no es una opción entre otras. Como dijo el sublime
Holderlin, " Cuando abunda el peligro, crece lo que salva".
Con estas palabras quiero nombrar a este tiempo aciago en que vivimos,
y también a la magnitud de la utopía a l a que creo que
estamos llamados a encarnar.
Como ustedes saben vengo de un país que pertenece a esta misma
tierra americana y que ha caído de la situación de país
rico, riquísimo, que yo en mi juventud conocí como la séptima
potencia del mundo, a ser hoy una nación arrasada por los explotadores
y los corruptos, los de adentro y los de afuera. Como la mayoría
de nuestro continente, hundido en la miseria, sin plata para cubrir las
más urgentes necesidades de salud y educación, exigido por
las entidades internacionales a reducir más y más el gasto
público, siendo que no hay ya ni gasas ni los remedios más
elementales en los hospitales, cuando no se cuenta ni con tizas ni con
un pobre mapa en los colegios. Y pareciera que no tenemos salida porque
debemos a esas instituciones internacionales cifras impagables que contrajeron
quienes nos gobernaron con impunidad. Nos hemos convertido en un país
pobre y una deuda externa extenuante pesa sobre nuestro pueblo. Sufrimos
una sensación de impotencia que parece comprometer la vida de nuestros
hijos. No sabemos adónde nos llevarán los años decisivos
que estamos viviendo, pero si podemos afirmar que una concepción
nueva de la vida está creciendo entre nosotros. En medio del caos,
la pobreza y el desempleo todos nos estamos sintiendo hermanados quizá
como nunca antes.
II
Que estamos frente a la más grave encrucijada de la historia es
un hecho tan evidente que hace prescindible toda constatación.
Ya no se puede avanzar por el mismo camino. Basta ver las noticias para
advertir que es inadmisible abandonarse tranquilamente a la idea de que
nuestros países y el mundo superarán sin más la crisis
que atraviesan. Como dijo María Zambrano: "Las crisis muestran
las entrañas de la vida humana, el desamparo del hombre que se
ha quedado sin asidero, sin punto de
referencia de una vida que no fluye hacia meta a1guna y que no encuentra
justificación. Entonces, en medio de tanta desdicha surgen los
espíritus profundos y visionarios como Buber, Pascal, Schopenhauer,
Berdiaev, Unamuno". Todos ellos habían tenido la visión
del Apocalipsis que se estaba gestando en medio del optimismo tecnológico.
Pero la Gran Maquinaria siguió adelante, hasta que el hombre comenzó
a sentirse en un universo incomprensible, cuyos objetivos desconocía
y cuyos amos,
invisibles lo trituraban. Entonces escribí: "Esta paradoja,
cuyas últimas y más trágicas consecuencias padecemos
en la actualidad fue el resultado
de dos fuerzas dinámicas y amorales: el dinero y la razón.
Con ellas, el hombre conquista el poder secular. Pero -y ahí está
la raíz de la paradoja esa, conquista se hace mediante la abstracción:
desde el lingote de oro hasta el clearing, desde la palanca hasta el logaritmo,
la historia del creciente dominio del hombre sobre el universo ha sido
también la historia de las sucesivas abstracciones. El capitalismo
moderno y la ciencia positiva son las dos caras de una misma realidad
desposeída de atributos concretos, de una abstracta fantasmagoría
de la que también forma parte el
hombre, pero no ya el hombre concreto e individual sino el hombre masa,
ese extraño ser con aspecto todavía humano, con ojos y llanto,
voz y emociones, pero en verdad engranaje de una gigantesca maquinaria
anónima.
Este es el destino contradictorio de aquel semidiós renacentista
que reivindicó su individualidad, que orgullosamente se levantó
contra Dios, proclamando su voluntad de dominio y transformación
de las cosas. Ignoraba que también llegaría a convertirse
en cosa."
Han pasado cincuenta años de la publicación de este ensayo,
ahora, con espantoso patetismo, muchos advierten el cumplimiento de aquella
intuición que tanta amargura me trajo.
III
Estamos en la fase final de una cultura y un estilo de vida que durante
siglos dio a los hombres amparo y orientación. Hemos recorrido
hasta el abismo las sendas del humanismo. Y aquel hombre que en el Renacimiento
entró en la historia moderna lleno de confianza en sí mismo
y en sus potencialidades creadoras, ahora sale de ella con su fe hecha
jirones.
Bajo el firmamento de estos tiempos modernos, los seres humanos atravesaron
con euforia momentos de esplendor y sufrieron con entereza guerras y miserias
atroces. Hoy con angustia presenciamos su fin, su inevitable invierno,
sabiendo que ha sido construida con los afanes de millones de hombres
que han dedicado su vida, sus años, sus estudios, la totalidad
de sus horas de trabajo, y la sangre de todos los que cayeron,
con sentido o inútilmente, durante siglos. La fe en el hombre y
en las fuerzas autónomas que lo sostenían se ha conmovido
hasta el fondo.
Demasiadas esperanzas se han quebrado; el hombre se siente exiliado de
su
propia existencia, extraviado en un universo kafkiano. Camus decía
que cada generación se cree destinada a rehacer el mundo, pero
que la nuestra tiene una misión mayor. Consiste en impedir que
el mundo se deshaga; porque es heredera de una historia corrupta en la
que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas,
los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes
mediocres, pueden destruirlo todo; en que la inteligencia se ha humillado
hasta ponerse al servicio del odio y la opresión. Es imposible
no corroborar a diario las palabras de Camus. Ante la visión de
las antiguas torres derruidas, la vida se ha
vuelto una inmensa cuesta en alto, Y aunque la fuerza del espíritu
nos impulsa a seguir luchando, hay días en que el desaliento nos
hace dudar si seremos capaces de rescatar al mundo de tanto desamparo.
Sufrimos el quiebre total de una concepción de la vida y del ser
humano bajo cuyos valores e ideales surgieron las sociedades modernas.
Una concepción de la vida que desplegó su ánimo en
la conquista. No solo lo hizo en las ciencias, descartando antiguas sabidurías
y a sus mitos sino también
conquistando todas las regiones del mundo. Ahora, las terribles consecuencias
están a la vista. El sufrimiento de millones de seres humanos está
permanentemente delante de nuestros ojos, por más esfuerzo que
hagamos por cerrar los párpados. Veinte o treinta empresas internacionales
tienen el dominio del planeta en sus garras. Continentes enteros en la
miseria junto a altos niveles tecnológicos, posibilidades de
vida asombrosas a la par de millones de hombres desocupados, sin hogar,
sin asistencia médica. Diariamente es amputada la vida de miles
de hombres y mujeres; de innumerable cantidad de adolescentes que no tendrán
ocasión de comenzar siquiera a entrever el contenido de sus sueños.
En nuestros países, ya la gente tiene temor que por tomar decisiones
que hagan más humana su vida, pierd an el trabajo, sean expulsados
y pasen a pertenecer a esas multitudes que corren acongojadas en busca
de un empleo que les impida caer en la miseria. Son los excluidos, esta
categoría nueva quehabla tanto de la explosión demográfica
como de la incapacidad de la economía de regir, sin más,
el destino de los pueblos. Son los excluidos de las necesidades mínimas
de la comida, la salud, la educación y la justicia; de las ciudades
como de sus tierras.
IV
Debemos volver a dar espacio en el alma de los pueblos, a una utopía
que pueda albergar valores como el amor por la criatura humana, la justicia,
el sentido del honor y de la vergüenza, la honestidad, el respeto
por los demás, la búsqueda del sentido sagrado de la vida.
Nuestra sociedad se ha visto hasta tal punto golpeada por el materialismo
su espíritu ha sido corroído de tal manera por la injusticia
y la frivolidad, que se vuelve casi imposible la transmisión de
valores a las nuevas generaciones. ¿Cómo vamos a poder transmitir
los grandes valores a nuestros hijos, si en el
grosero cambalache en que vivimos, ya no se distingue si alguien es reconocido
por héroe o por criminal? Y no piensen que exagero.
La verdadera obscenidad es que los chicos vean, a través de la
televisión, de que manera honrosa se trata a sujetos que han contribuido
a la miseria de sus semejantes. Y no me refiero sólo a los chicos
de los países pobres, sino a todo Hijo de hombre. ¿Cómo
vamos a poder educar a los chicos que crecen en la abundancia, mirando
las caritas de las criaturas con hambre? Para educarlos habrá que
ponerles orejeras, hacerles olvidar los valores que hacen a la fraternidad
de los hombres, y llenarles el alma con toneladas de informática
y actividades, o simulacros de luchas por el bien
común. Cuando éste existe únicamente cuando a todo
hombre se lo llama hermano. La persona se humaniza consintiendo a su impulso
moral. Y nada podremos ofrecer a nuestra juventud si los privamos de poder
entregar su vida por amor, especialmente hacia el otro que sufre, ya que
es esta la raíz de la grandeza humana. Con este pensamiento, hace
unos meses, he creado una Fundación que lleva mi nombre, destinada
a los jóvenes para que encuentren en el trabajo social hacia los
más pequeños y desamparados, una grave y sagrada alternativa
frente al desempleo.
V
Como centinelas, cada hombre ha de permanecer en vela. Porque todo cambio
exige creación, novedad respecto de lo que estamos viviendo, y
para ello hemos de quitarle a este modelo neoliberal la pretensión
de ser la única manera de vivir posible para la humanidad. Si confesamos
que todos tenemos una responsabilidad en lo que está sufriendo
la humanidad, esto significa que en un momento no hicimos lo que pudimos
haber hecho. Hoy habremos de comprometernos tan hondo como para que lleguemos
a expresar la frase de Kafka que dice: "Hay momento, del camino desde
el que ya no se puede volver atrás lo importante es llegar a ese
momento"
A pesar de las desilusiones y frustraciones acumuladas, no hay motivo
para descreer del valor de las gestas cotidianas. Aunque simples y modestas,
son las que están generando una nueva narración de la historia,
abriendo así un nuevo curso al torrente de la vida. Basta con leer
la historia, para ver cuantos caminos ha podido abrir el hombre con sus
brazos, cuanto el ser humano ha modificado el curso de los hechos. Con
esfuerzo, con amor, con fanatismo. La posibilidad de comenzar a revertir
esta situación está basada en la mirada que cada uno dirige
a los demás. Este es el lugar
del peligro y es también la oportunidad que nos ofrece la historia.
Porque esta crisis, que tanta desolación está ocasionando,
tiene también su contrapartida, porque ya no hay posibilidades
para los pueblos ni para las personas de jugarse por si mismos. El "sálvese
quien pueda" no sólo es inmoral, sino que tampoco alcanza.
Esta es una hora decisiva. Sobre nuestra generación pesa el destino,
y es ésta nuestra responsabilidad histórica. Y no me refiero
a un país en particular, es el mundo el que reclama ser expresado
para que el martirio de tantos hombres no se pierda en el tumulto y en
el caos, sino que pueda alcanzar el corazón de otros hombres, para
repararlos y salvarlos. La falta de gestos humanos genera una violencia
a la que no podremos revertir con el uso de armas; únicamente un
sentido de la vida más fraterno lo podrá sanar. Debo confesar
que durante mucho tiempo creí y afirmé que éste
era un tiempo final. Por hechos que suceden o por estados de ánimo,
a veces vuelvo a pensamientos catastróficos que no dan más
lugar a la existencia humana sobre la tierra. Pero infatigablemente gana
la vida, es como esas plantas que asoman entre los ladrillos, lejos del
agua y del sol, mostrándonos aquella raíz primordial, capaz
de nutrirse del manantial oculto del que surge el coraje para seguir luchando
.
Como afirma Junger: "En los grandes peligros se buscará a
lo que salva a mayor profundidad. Nuestra esperanza, a hoy se apoya en
que al menos una de estas raíces vuelva a ponernos en contacto
con aquel reino telúrico del que se nutre la vida de los pueblos
y de los hombres."
VI
Y así, en medio del miedo y la depresión que prevalece
en este tiempo, irá surgiendo, por debajo, imperceptiblemente atisbos
de otra manera de vivir que busque, en medio del abismo, la recuperación
de una humanidad que se siente a sí misma desfallecer. La fe que
me posee se apoya en la esperanza de que el hombre, a la vera de un gran
salto, vuelva a encarnar los valores trascendentes, eligiéndolos
con una libertad a la que este tiempo,providencialmente, lo está
enfrentando.
Aunque todos, por distintas razones, alguna vez nos doblegamos, hay algo
que no falla y es la convicción de que, únicamente, los
valores del espíritu pueden salvarnos de este gran terremoto que
amenaza a la humanidad entera. Necesitamos ese coraje que nos sitúa
en la verdadera dimensión del hombre.
Sin duda lo que hoy nos toca atravesar es un pasaje. Este pasaje significa
un paso atrás. Para que una nueva concepción del universo
vaya tomando lugar del mismo modo que en el campo se levantan los rastrojos
para que la tierra desnuda pueda recibir la nueva siembra. La vida del
mundo ha de abrazarse como la tarea más propia y salir a defenderla,
con la gravedad de los momentos decisivos, esa es nuestra misión.
Porque el mundo del que somos responsables es éste: el único
que nos hiere con el dolor y la desdicha, pero también el único
que nos da la plenitud de la existencia;
el que nos ofrece un jardín en el crepúsculo, el roce de
la mano que amamos; esta sangre, este fuego, este amor, esta espera de
la muerte. Este deseo de convertir la vida en un terruño humano.
Tenemos que abrimos al mundo, porque es la vida y nuestra tierra la que
está en peligro. No hay ningún lugar del mundo que pueda
considerar que el desastre ocurre afuera. Y no podemos hundirnos en la
depresión, porque es de alguna manera un lujo que no pueden darse
los padres de los chiquitos que padecen el hambre. En cambio cuando nos
hagamos responsables del dolor del otro, nuestro
compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima
de la fatalidad
de la historia.
Muchos ya lo están haciendo. Son hombres y mujeres que, anónimamente,
sostienen la condición humana en medio de la mayor precariedad.
Unidos en
la entrega a los demás y en el deseo absoluto de un mundo más
humano, son ellos los que ya han comenzado a generar un cambio, arriesgándose
en experiencias hondas como son el amor y la solidaridad. Y la tierra,
así, va quedando preñada de su empeño. Pero antes
habremos de aceptar que hemos fracasado. De lo contrario volveremos a
ser arrastrados por los profetas de la televisión, por los que
buscan la salvación en la panacea del hiperdesarrollo. El consumo
no es un sustituto del Paraíso.La situación es muy grave
y nos afecta a todos. Pero aún así, son multitudes los que
se esfuerzan por no traicionar los valores nobles, y ellos representan
la gran mayoría del planeta, también en los países
más desarrollados, quienes tienen hambre y sed de un mundo diferente;
y en grandes continentes, millones de seres en el mundo sobreviven heroicamente
en la miseria. Entre ellos los más vulnerables, inocentes, sagrados:
hay
millones de niños y niñas cuyas primeras imágenes
de la vida son las del abandono y el horror. El tremendo estado de desprotección
en que se halla arrojada la infancia nos muestra un tiempo de inmoralidad
irreparable. Para todo hombre es una vergüenza, un verdadero crimen,
que existan doscientos cincuenta millones de niños explotados en
el mundo. Quiera Dios que sean ellos, estos pequeños chicos abandonados
que nos pertenecen tanto como nuestros propios hijos, quienes nos abran
a una vida humana que los incluya.
Ernesto Sábato
Agosto 14, 2002, San Juan, Puerto Rico
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