Guerra contra Irak.
Falsas justificaciones para una guerra
ARUNDHATI ROY
El Mundo.es
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Septiembre pasará a la Historia como el mes de los ataques contra
EEUU. Pero ha habido más septiembres dolorosos para otros pueblos,
y Washington no ha sido ajeno a ese dolor. La reconocida escritora india
reflexiona sobre el sinsentido de la guerra contra el terror impuesta
por Bush.
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Durante estos últimos
tiempos, me he venido topando, muy a menudo, con gente que se refiere
a mí calificándome de «activista social».En
cambio, personas que coinciden con mi propia forma de interpretar las
cosas me suelen llamar «valiente». Y los que no me conocen
en absoluto me nombran con todo tipo de apelativos groseros que no pienso
repetir aquí. Yo no soy ninguna activista social; ni tampoco soy
una persona particularmente valiente Así que, por favor, no subestimen
ustedes la turbación que para mí supone estar aquí
y decir todo lo que tengo que decir.
Los escritores
se imaginan que las historias que relatan las extraen del propio mundo
real. Pero yo estoy comenzando a pensar que es la vanidad la que les hace
creer tal cosa. De hecho, yo entiendo que es exactamente al revés.
Son las historias las que buscan escritores en el mundo.
El tema predominante
en gran parte de cuanto escribo, ya sea ficción o no ficción,
son las relaciones existentes entre el poder y la ausencia total de poder
y el conflicto, circular y eterno, en el que ambas circunstancias se ven
envueltas. Aunque pudiera parecer de otra forma, lo que yo escribo no
trata sobre historias y naciones, sino sobre el poder. Sobre la paranoia
y la inexorabilidad del poder. Creo que la acumulación de un vasto
poder, sin trabas de ninguna clase, por parte de un estado o de un país,
de una corporación o de una institución y cualquiera que
sea su ideología, siempre tiene como consecuencia la aparición
de excesos como los que yo voy a relatar aquí y ahora.
Viviendo como yo
vivo a la sombra de ese holocausto nuclear que los gobiernos de la India
y Pakistán siguen prometiendo a sus respectivas ciudadanías
-integradas por unos ciudadanos cuyos cerebros han sido conveniente lavados-
e inmersos, como estamos, en una enorme proximidad global a la guerra
contra el terror (lo que el presidente Bush prefiere llamar, bíblicamente,
El objetivo que nunca se acaba), me sorprendo a mí misma, frecuentemente,
pensando sobre la relación que existe entre los ciudadanos y el
Estado.
En la India, todos
cuantos hemos expresado nuestros puntos de vista sobre las bombas nucleares,
las grandes presas y la globalización corporativa, así como
sobre la ascensión del fascismo comunal hindú, hemos sido
catalogados como antinacionales. Los nacionalismos, de una u otra clase,
han sido la causa de la mayoría de los genocidios habidos a lo
largo del siglo XX. Las banderas son simple trozos de tela de colores
que los gobiernos utilizan para, en primer lugar, lavar el cerebro a la
gente y, en segundo término, para emplearlas como sudarios ceremoniales
a la hora de enterrar a los muertos.
Recientemente,
a todos cuantos han criticado las actuaciones del Gobierno de Estados
Unidos (incluyéndome a mí) se les ha venido calificando
de antiamericanos. Y en la actualidad, el antiamericanismo es un fenómeno
en pleno proceso de convertirse en una ideología.
Antiamericano es
un término normalmente utilizado por el establishment norteamericano
para desacreditar y para definir a todos cuantos se muestran críticos
con sus planteamientos. Una vez que a alguien se le cataloga con la etiqueta
de antiamericano, sólo se le presentan dos alternativas: o bien
ser juzgado sin atender a sus razones, o bien que sus argumentos se pierdan
entre la confusión de un orgullo nacional tremendamente contundente.
¿Y qué
significa, en realidad, el término antiamericano? ¿Que alguien
es antijazz? ¿O que se opone a la libertad de expresión?
¿Que no se deleita con la literatura de Toni Morrison o de John
Updike? ¿Significa semejante término que no admira a esos
cientos de miles de ciudadanos norteamericanos que se manifiestan en contra
de las armas nucleares o a la resistencia que, en su día, también
ofrecieron muchos miles de ellos frente a su Gobierno, obligándole
a retirarse de Vietnam? ¿Significa que alguien así odia
a todos los norteamericanos?
EL BIEN CONTRA EL MAL
Calificar a alguien
de antiamericano y, desde luego, de ser antiamericano (y, a los mismos
efectos, antiindio o antitombuctuano) no sólo es racista sino que
demuestra una grave falta de imaginación.Una enorme incapacidad
para ver el mundo desde una perspectiva diferente de la que el establishment
ha diseñado para todos nosotros: si no eres seguidor de Bush, eres
un talibán. Si no nos quieres, nos odias. Si no estás con
el Bien, eres el Mal. Si no estás con nosotros, estás con
los terroristas.
El año pasado,
y al igual que muchas otras personas, yo también cometí
el error de mofarme de toda esa retórica post 11 de Septiembre,
despreciándola como algo tonto y arrogante. Y ahora me he percatado
de que todo aquello no era ninguna tontería en absoluto. De hecho,
se trataba de un astuto giro político decididamente encaminado
al reclutamiento de gente para una guerra tan errónea como muy
peligrosa. Cada día me siento más sorprendida por la enorme
cifra de personas que creen que oponerse a la guerra en Afganistán
supone lo mismo que apoyar el terrorismo o votar a los talibán.Actualmente,
cuando parece que el viento se ha llevado el objetivo inicial de dicha
guerra -capturar a Bin Laden (vivo o muerto)- se cambian por completo
los objetivos.
En efecto, ahora
lo que se nos cuenta es que dichos objetivos consistían en derribar
el régimen talibán y liberar a las mujeres afganas de sus
burkas. Es decir, que se nos está pidiendo a todos que nos creamos
que los marines norteamericanos se encuentran allí, en la actualidad,
cumpliendo con una misión de carácter feminista. (Y si eso
es así, ¿harán su siguiente parada en Arabia Saudí,
ese país que es aliado militar de EEUU?).
Ninguno de nosotros
necesita de ninguna clase de aniversarios para recordar algo que nos resulta
imposible de olvidar. Como es lógico, lo que predominantemente
permanece en el recuerdo de todos es todo aquel horror que ahora se conoce
como el del Once del Nueve. Cerca de 3.000 civiles perdieron sus vidas
durante aquel letal atentado terrorista. La aflicción es todavía
muy profunda. La rabia, aún muy aguda. Las lágrimas no se
han secado.Y una extraña y mortal guerra se está extendiendo
a lo largo y ancho del mundo. Aún así, todas y cada una
de las personas que han perdido algún ser querido saben, en lo
más profundo y secreto de su corazón, que ninguna guerra,
ningún acto de venganza ni ninguna bomba que se lance sobre los
seres queridos o los hijos de otros va a suavizar las agudas aristas de
su dolor o le va a devolver a sus propios seres queridos. Una guerra no
puede vengar a todos cuantos perdieron la vida entonces. La guerra es,
tan sólo, una brutal profanación de su memoria.
«BIENVENIDOS AL MUNDO»
El poner en marcha
una nueva guerra -esta vez contra Irak- manipulando cínicamente
la enorme aflicción de la gente, por medio de programas de televisión
especiales patrocinados por empresas que se dedican a vender detergentes
o zapatillas deportivas, no supone, ni más ni menos, que abaratar
y devaluar dicha aflicción, drenarla de todo su sentido. Lo que
en la actualidad estamos presenciando no es otra cosa que un vulgar despliegue
de un negocio basado en el dolor, en el comercio de la aflicción,
en el pillaje que se lleva a cabo contra los sentimientos humanos, incluso
los más privados, y todo ello con fines políticos. Y lo
que hay es un estado que se muestra capaz de hacerle a su propio pueblo
algo tan terrible y tremendamente violento.
Dado que es a propósito
del 11 de Septiembre sobre lo que estamos hablando, quizá resulte
apropiado que recordemos qué significa dicha fecha, y no sólo
para aquellas personas que perdieron a sus seres queridos en Norteamérica
el año pasado, sino, también, para muchas personas de otras
partes del mundo para quienes esa misma fecha también tiene un
significado muy especial. Esta inmersión en la Historia que voy
a ofrecerles no debe interpretarse como una acusación o una provocación,
sino solamente como una forma de compartir el dolor que genera la Historia.
Para intentar ver, aunque sólo sea un poco, a través de
la niebla. Para decirles a todos los ciudadanos de Norteamérica,
de la forma más humana y gentil que sea posible: «Bienvenidos
al mundo».
Hace ya 29 años,
en Chile, el 11 de septiembre de 1973, el general Pinochet derrocó
al Gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende por medio
de un golpe de Estado que apoyó la CIA. «No se puede permitir
que Chile se convierta en un país marxista por el simple hecho
de que su pueblo sea irresponsable», afirmó Henry Kissinger,
Premio Nobel de la Paz y a la sazón secretario de Estado de Estados
Unidos.
Desgraciadamente,
Chile no fue el único país de Latinoamérica que mereció
las atenciones del Gobierno de Estados Unidos. Guatemala, Costa Rica,
Ecuador, Brasil, Perú, la República Dominicana, Bolivia,
Nicaragua, Honduras, Panamá, El Salvador, México y Colombia
sirvieron, todos ellos, como escenarios de operaciones encubiertas -y
a la descubierta- por parte de la CIA. Cientos de miles de latinoamericanos
fueron asesinados, torturados o, simplemente, desaparecieron bajo regímenes
despóticos y dictadores de hojalata, traficantes de drogas o de
armas, todos ellos instalados y convenientemente apuntalados en dichos
países.
Como resulta evidente,
en esta lista no están incluidos los países de Africa o
de Asia que también tuvieron que sufrir intervenciones militares
de Estados Unidos, como es el caso de Vietnam, Corea, Indonesia y Camboya.
¿Para vengar cuántos septiembres, sumando los de muchas
décadas juntas, han sido bombardeados, quemados y asesinados millones
de asiáticos? ¿Cuántos septiembres han pasado desde
agosto de 1945, cuando cientos de miles de japoneses normales y corrientes
fueron literalmente arrasados y eliminados sin dejar la menor huella por
las explosiones nucleares de Hiroshima y Nagasaki? ¿Por cuántos
septiembres están pagando los miles de personas que tuvieron la
desgracia de sobrevivir a aquellos ataques y que tuvieron que soportar
aquel infierno viviente de entonces y cuyos efectos se cernieron sobre
ellos, sobre sus hijos nonatos, sobre los hijos de sus hijos, sobre la
tierra, el cielo, el viento y el agua y sobre todas las criaturas que
en ellos nadaban, caminaban, reptaban o volaban?
El 11 de septiembre
también tiene resonancias trágicas en Oriente Próximo.
El 11 de septiembre de 1922, e ignorando el ultraje que con ello hacía
a los árabes, el Gobierno británico proclamó un mandato
para Palestina, una especie de corolario a la Declaración Balfour
de 1917, que había prometido a los sionistas europeos poner a disposición
del pueblo judío una tierra donde fundar una nación. En
1947, Naciones Unidas dividió formalmente Palestina, entregando
a los sionistas un 55% de la tierra palestina. Al cabo de un año,
los sionistas ya se habían apoderado de un 78% del país.
El 14 de mayo de 1948 se declaró el Estado de Israel.Pocos minutos
después de dicha declaración, Estados Unidos reconoció
a Israel. Jordania se anexionó Cisjordania. Por su parte, la Franja
de Gaza cayó bajo el control militar de los egipcios.Formalmente,
Palestina había dejado de existir para todo el mundo, con la única
excepción de las cabezas y los corazones de los cientos de miles
de palestinos que se vieron obligados a convertirse en refugiados.
UNA PALESTINA OCUPADA
Durante muchas
décadas, se han venido produciendo allí levantamientos,
guerras e Intifadas. Decenas de miles de personas han perdido la vida.
Se han firmado acuerdos y tratados. Se ha declarado y violado cientos
de veces el alto el fuego. Pero el derramamiento de sangre nunca se acaba.
Palestina aún está ilegalmente ocupada.Los jóvenes
palestinos que no pueden contener por más tiempo su ira se convierten
en bombas humanas y penetran en calles israelíes para, una vez
allí, volarse a sí mismos, matando gente corriente, inyectando
terror en su vida diaria y, finalmente, endureciendo en ambas sociedades
las sospechas y el odio mutuo que ya sienten la una por la otra.
El mundo ha sido
llamado a condenar todos estos atentados suicidas.Pero, ¿podemos
ignorar el largo camino que estos suicidas han recorrido hasta llegar
a su destino? Su trayecto va desde el 11 de septiembre de 1922 al 11 de
septiembre de 2002. Y 80 años es mucho tiempo para estar en guerra.
¿Existe algún consejo que el mundo pueda dar al pueblo de
Palestina? ¿Algún aliento de esperanza que proporcionarles?
En otro lugar de
Oriente Próximo, también se rememoran acordes más
recientes el día 11 de septiembre. Fue precisamente el 11 de septiembre
de 1990 cuando George W. Bush padre, por entonces presidente de Estados
Unidos, pronunció un discurso ante una asamblea conjunta de la
Cámara de Representantes y el Senado celebrada en el Congreso,
un discurso durante el que anunció la decisión que había
tomado su Gobierno de ir a la guerra contra Irak.
En aquella ocasión,
el Gobierno de Estados Unidos afirmaba que Sadam Husein era un militar
déspota y cruel que había cometido genocidio en contra de
su propio pueblo. Y ésta era, sin duda, una descripción
del personaje bastante ajustada a la realidad. En 1988, Husein había
arrasado cientos de aldeas y pueblos del norte de Irak, utilizando armas
químicas y ametralladoras para matar a miles de kurdos. Pero hoy
día todos sabemos que, ese mismo año, el Gobierno de Estados
Unidos había concedido a Sadam Husein 500 millones de dólares
en subsidios para comprar productos agrícolas norteamericanos.
Aparte del dinero, Estados Unidos también le suministró
gérmenes de ántrax de alta calidad, además de helicópteros
y material de doble uso que se podía utilizar para la fabricación
de armas químicas y biológicas.
¿Y qué
era lo que había cambiado entonces? En agosto de 1990, Sadam Husein
invadió Kuwait. Su pecado fue no tanto cometer un acto de guerra,
sino actuar de forma independiente, sin haber recibido órdenes
de sus amos. Ese despliegue de independencia fue suficiente para envenenar
el equilibrio de poder que había en el área del Golfo. En
consecuencia, se tomó la decisión de que había que
exterminar a Husein, de la misma manera que se sacrificaría a un
animal doméstico en el caso de que hubiera sobrevivido a su dueño.
El primer ataque
aliado contra Irak tuvo lugar en enero de 1991.Empero, toda una década
de bombardeos no ha resultado suficiente para desalojar del poder a Sadam
Husein, la bestia de Bagdad.Ahora, casi 12 años después,
el presidente George Bush hijo ha rescatado aquella misma retórica
que entonces utilizó su propio padre. Lo que se propone es una
guerra en toda regla, cuyo objetivo no es otro que un cambio de régimen
político en Irak.
Andrew H. Card
Jr., jefe de Gabinete de la Casa Blanca, describía recientemente
las razones por las que la Administración había decidido
posponer el anuncio de sus planes de guerra hasta el otoño de la
siguiente forma: «Porque desde el punto de vista del marketing»,
decía, «nadie lanza sus nuevos productos en el mes de agosto».
En esta ocasión, las palabras clave para vender este nuevo producto
de Washington no consisten en prometer la liberación del pueblo
de Kuwait, sino que se centran en la afirmación de que Irak posee
armas de destrucción masiva.
Los inspectores
de armas de Naciones Unidas han presentado unos informes bastante conflictivos
en referencia al estatus actual de las armas de destrucción masiva
de Irak, y muchos de ellos han afirmado claramente que su arsenal ha sido
desmantelado y que Irak no tiene actualmente capacidad para la construcción
de otro nuevo arsenal. Sin embargo, no existe ninguna confusión
acerca del alcance y el rango del arsenal nuclear y de armas químicas
de Estados Unidos. ¿Aceptaría EEUU la visita de inspectores
de armas de Naciones Unidas? ¿Y Gran Bretaña? ¿Lo
haría también Israel?
Y en el caso de
que fuera cierto que Irak tiene, realmente, un arma nuclear, ¿justificaría
este hecho un ataque preventivo por parte de Estados Unidos? EEUU dispone
del mayor arsenal de armas nucleares que hay en la Tierra. Y es el único
país del mundo que lo ha utilizado contra poblaciones civiles.
Si Estados Unidos encuentra una justificación para lanzar un ataque
preventivo sobre Irak, cualquier otra potencia nuclear también
estará plenamente justificada en el hipotético caso de que
se decida a llevar a cabo ataques preventivos contra cualquier otro país
de estas mismas características.
EL NEGOCIO DE LA GUERRA
Las guerras no
se han librado nunca por motivos altruistas. Normalmente tienen lugar
por cuestiones de hegemonía, de negocios. Y, desde luego, hay que
tener en cuenta, también, el negocio de la guerra.El elemento fundamental
de la política exterior de Estados Unidos es la protección
del control que ejerce sobre la producción de crudo en el mundo.
Las intervenciones militares más recientes del Gobierno de Estados
Unidos, tanto en los Balcanes como en Asia Central, tienen mucho que ver
con el tema del petróleo.Hamid Karzai, el presidente marioneta
de Afganistán, instalado en el poder por obra y gracia de Estados
Unidos, es un antiguo empleado de Unocal, una empresa petrolera con sede
en Norteamérica.La paranoica vigilancia de Oriente Próximo
por parte del Gobierno de Estados Unidos se debe a que allí se
encuentran dos terceras partes de las reservas de petróleo del
mundo. Y es que el crudo es el que mantiene a toda la maquinaria de Estados
Unidos ronroneando suavemente. El petróleo es quien hace que el
libre mercado siga funcionando. Y, quienquiera que sea el que controle
el petróleo mundial, controlará también todos los
mercados del mundo.
En su libro acerca
de la globalización, titulado Los Lexus y los Olivos, el columnista
del New York Times Thomas Friedman afirmaba: «La mano oculta del
mercado nunca podría funcionar bien si no dispusiera de la ayuda
de un puño oculto. McDonald's no podría prosperar sin McDonell
Douglas y ese mismo puño oculto, que mantiene el mundo a buen recaudo
para que también prosperen las tecnologías de Silicon Valley,
se llama Ejército de Estados Unidos, Fuerzas Aéreas, Armada
y Cuerpos de Marines».
Tras el 11 de Septiembre
de 2001 y el comienzo de la guerra contra el terror, esa mano y ese puño
ocultos han tenido que ver cómo se iba a pique el disfraz tras
el que se camuflaban y, ahora, todos podemos ver muy claramente cuál
es el otro arma de Norteamérica -la del libre mercado- que se cierne,
amenazadora y con una sonrisa siniestra, sobre todo el mundo en vías
desarrollo. Ese objetivo que nunca se acaba es la guerra perfecta para
Estados Unidos, el vehículo perfecto para una expansión
sin fin del imperialismo norteamericano.
Durante estos 10
últimos años de globalización corporativa sin freno,
la producción total del mundo se ha venido incrementando a una
tasa del 2,5% anual. Y también se ha incrementado el número
de pobres en el mundo en 100 millones de personas más. Entre las
mayores economías del mundo, en el nivel más alto se encuentran
51 corporaciones y no países. El 1% de la población con
mayor poder adquisitivo dispone de tantos ingresos como el conjunto de
ingresos de los que disfruta el 57% de la población con el nivel
más bajo de renta. Y esa disparidad sigue creciendo. En la actualidad,
bajo el manto protector de la guerra contra el terror, este proceso se
está viendo sensiblemente acelerado.
Cerca ya de que
se cumpla un año desde el inicio de la guerra contra el terror
entre las ruinas de Afganistán, las libertades de un país
tras otro están siendo recortadas sistemáticamente en nombre
de la protección de la libertad y los derechos civiles quedando
en suspenso en nombre de la protección de la democracia.Toda clase
de disidencia está siendo calificada como terrorismo.
Afortunadamente,
las grandes potencias tienen su propio ciclo vital. Cuando llegue su momento,
toda potencia, sea todo lo poderosa que sea, irá demasiado lejos
y, en su interior, se producirá una implosión. Y en estos
días parece como si los primeros chasquidos se hubieran producido
ya. Mientras la guerra contra el terror extiende sus redes cada vez más
lejos, el corazón corporativo de Estados Unidos está sufriendo
graves hemorragias. A pesar de toda esa palabrería huera acerca
de la democracia, el mundo está siendo gobernado, hoy día,
por tres instituciones sumamente sigilosas: el Fondo Monetario Internacional,
el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, todas
las cuales están dominadas, a su vez, por EEUU. Sus decisiones
se toman bajo el más absoluto de los secretos. Las personas encargadas
de dirigir las tres instituciones son nombradas a puerta cerrada. Nadie
los elige. Un mundo gobernado por un puñado de banqueros avariciosos
y de altos ejecutivos a los que nadie eligió no puede perdurar
de ninguna manera.
El comunismo al
estilo soviético fracasó, no porque fuera perverso, sino
porque estaba repleto de defectos. El capitalismo de mercado del siglo
XXI, al estilo norteamericano, fracasará por idénticas razones.
Ambos son edificios construidos por la inteligencia humana y es la propia
inteligencia humana la encargada de desmantelarlos.
Ha llegado el momento,
como dijo Walrus. Quizá las cosas vayan a peor y entonces mejoren.
Quizá exista alguna pequeña diosa allá en el cielo
preparándose para acudir en nuestra ayuda. Un mundo diferente no
sólo es posible, sino que, acaso, ella lo tenga ya previsto. Quizá
muchos de nosotros no nos encontremos ya aquí para darle la bienvenida
cuando llegue, pero en esos días tranquilos, si escucho muy atentamente,
yo puedo oír cómo respira.
por Arundhati Roy. En El Mundo, Espana
Espanol@GlobalAware.org
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