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5 de abril de 2003
Irak: La ironía de la Historia
por James Petras
Entre las mentiras y distorsiones más insidiosas que los regímenes
de Bush y Blair y sus medios de comunicación de masas han inventado
para justificar esta guerra genocida está la idea de que el pueblo
iraquí acogería a los invasores como liberadores y que (especialmente
los chiítas) se sublevarían para derribar el régimen
de Saddam Hussein. Cuando nada de eso ocurrió –la población
iraquí es hostil a los invasores– la campaña de los
medios de comunicación angloamericanos dijo que se debía
a su miedo al ejército iraquí, a los mandos del partido
Baaz y a la milicia local. Los medios siguieron describiendo al pueblo
iraquí como ‘aterrorizado’ por Saddam Hussein y esperando
a que EEUU destruyese su régimen antes de expresar sus ‘verdaderos
sentimientos’ de gratitud a los invasores, sus tanques, misiles
y bombas de fragmentación.
La teoría de los medios occidentales y de los generales y políticos
angloamericanos era que había una distancia insalvable entre Saddam
Hussein, el Estado iraquí y el ‘pueblo’, lo que llevaría
a un colapso del ejército, una vez que las fuerzas armadas angloamericanas
conquistasen las ciudades y pueblos. El registro histórico y la
realidad empírica refuta todas las propuestas del mando militar
de EEUU.
Primero, la guerra no condujo a ninguna división ni abandono dentro
de las Fuerzas Armadas o entre los dirigentes políticos de Irak,
pese a que las unidades militares estaban descentralizadas y frecuentemente
aisladas del mando de Bagdad.
Segundo, no hubo ningún levantamiento popular contra el régimen
iraquí durante los primeros días de la invasión estadounidense
ni cuando los invasores entraron en las ciudades. Por el contrario, la
resistencia más eficaz y consistente en el sur de Irak contra esos
invasores fue la milicia popular y las fuerzas guerrilleras que incluían,
en su mayoría, a civiles y ciudadanos desconectados con la Guardia
Republicana Especial o el ejército regular.
El tremendo bombardeo de Basora y el asedio británico de la ciudad
se debieron a que los ciudadanos, la milicia y los soldados lucharon juntos
–no por la coacción de Saddam Hussein– sino porque
eran patriotas iraquíes defendiendo a sus familias, sus comunidades
y su nación de los invasores genocidas. Cualquier oposición
al régimen que pueda haber existido, desapareció ante el
bombardeo masivo, el asesinato y la mutilación de miles de niños,
mujeres, ancianos y ciudadanos normales iraquíes. La ‘guerra
total’ de Rumsfeld unió a los distintos sectores políticos
y sociales de la población iraquí en pueblos, ciudades y
villas. Campesinos ancianos disparaban a los convoyes, mujeres embarazadas
atacaban a los marines de EEUU, los adolescentes disparaban a los helicópteros
desde los tejados de las casas… En el sur de Basora, Al-Najaf y
grandes zonas de Al-Nasiriya no han sido tomadas, pese a semanas de bombardeo
aéreo y artillero. Las fuerzas invasoras angloamericanas, al encontrarse
con hostilidad y rechazo generales, han comenzado a disparar indiscriminadamente
contra hombres y mujeres jóvenes con sus grandes ropajes flotando
al viento por llevar el tipo incorrecto de calzado, y a las mujeres con
sus grandes ropajes; sobre todo, el mando general ordenó a las
fuerzas aéreas que usasen bombas de fragmentación para diezmar
a la población urbana.
La milicia local no son simplemente activistas del partido Baaz, sino
que son principalmente iraquíes apolíticos furiosos por
la muerte y la mutilación de amigos y familias, la destrucción
de viviendas, escuelas, fábricas, oficinas y sus medios de vida.
Los activistas del partido Baaz se mezclan con miles de voluntarios de
barrios pobres y exiliados de clase media que han regresado para luchar
por la nación iraquí.
Las distinciones que los medios de comunicación occidentales hacen
al describir la resistencia iraquí son falsas --bajo las condiciones
de una guerra genocida-- porque las bombas y los misiles no hacen distinciones
en sus ataques asesinos.
Los medios de comunicación de masas de los Estados occidentales
describen a Saddam Hussein como un ‘dictador’, un tirano,
un ‘Hitler’ que es odiado por su pueblo. Eso podría
haber sido verdad entre algunos sectores de la población antes
de la Guerra, pero ante el bombardeo terrorista angloamericano, la ocupación
de los pozos petrolíferos, la ocupación del país
y la destrucción de los suministros de agua, electricidad y alimentos,
el rechazo y la resistencia de Saddam Hussein le ha convertido en un héroe
popular nacional.
Muchos periodistas occidentales progresistas bienintencionados siguen
intentando ‘equilibrar’ su descripción de las atrocidades
angloamericanas con la continua referencia a los crímenes de Saddam
Hussein de hace una o dos décadas atrás como si su pecado
original aún le define a él y a su identidad política
actual, en medio de una guerra contra los invasores coloniales.
Estos reporteros progresistas no pueden aceptar que un político
como Saddam Hussein (incluso uno que ha cometido graves delitos en el
pasado), se redima y se redefina en las nuevas circunstancias: que, lejos
de ser un criminal de Guerra, está comprometido a luchar contra
el genocidio; de ser un cliente de EEUU contra Irán, se ha convertido
en un líder de una revitalización del movimiento panárabe
que pretende derribar a los regímenes corruptos clientes de EEUU
en Oriente Medio. La Historia funciona de modos extraños. Hoy día,
no teme lavarse las manos de los ‘dobles demonios’ Rumsfeld
lanzando bombas sobre ciudadanos civiles y el dictador Saddam Hussein
armando a todo el pueblo y quedándose solo entre los dirigentes
árabes para defender a la nación árabe contra la
recolonización.
En la película ‘La batalla de Argel’, un joven ladronzuelo
encarcelado por las autoridades coloniales francesas es puesto en libertad
y se incorpora al Frente de Liberación Nacional, convirtiéndose
en un líder de la resistencia anticolonialista y en un héroe
de las masas argelinas. La máquina propagandística estatal
colonial preferiría haberle descrito como parte de la ‘conspiración
criminal-terrorista’ por desafiar los símbolos y la presencia
de los colonos franceses. Para el pueblo colonizado, fue visto como un
símbolo heroico de la nación resistiendo a los invasores
y a los bombardeos, un hombre que, en el transcurso de su lucha, se ha
transformado de ser un ladronzuelo, en un héroe popular …
Es posible, quizá igualmente, que ha ocurrido también con
Saddam Hussein: no ha huido, no se ha rendido, no se ha marchado al exilio,
ha permanecido en Bagdad y se ha quedado para luchar pese al bombardeo
terrorista, día y noche, y a un cuarto de millón de invasores
que buscan su cabeza. No nos equivoquemos, Saddam puede personificar la
resistencia nacional para mucha gente, pero para la mayoría de
los iraquíes que luchan contra los tanques Abram, los helicópteros
Cobra y los bombarderos B52 de EEUU, armados con poco más que fusiles
y lanzagranadas, la lucha es por objetivos que transcienden a Saddam Hussein:
están luchando por su país, por su nación, sus cinco
mil años de civilización y por su dignidad como un pueblo
independiente.
Por eso, millones de iraquíes están resistiendo a los invasores,
mujeres embarazadas y jóvenes siguen atacando a los ejércitos
ocupantes. Eso es algo que todos los expertos del Pentágono, los
comentaristas de los medios de comunicación de masas y los asesores
israelíes no podrían comprender y no lo entenderán:
esas fuerzas pueden conquistas pero nunca gobernarán. Un pueblo
orgulloso e independiente luchará al lado de un tirano nacional
convertido en líder valiente contra un invasor conquistador y asesino.
En los años venideros, los investigadores expertos en Oriente Medio
quizá escriban sobre la gran ironía de la Historia, que
democracias occidentales autoproclamadas cometieron crímenes contra
la Humanidad mientras, un dictador único resistió y defendió
a su pueblo en medio de los escombros ardiendo de una antigua ciudad devastada.
Será más reverenciado muerto que vivo, por lo que defendió
finalmente, y no por su pasado
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