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Buenos Aires, 10 de abril de 2003
La náusea
Eduardo Galeano
Las bombas inteligentes, que tan burras parecen, son las que más
saben. Ellas han revelado la verdad de la invasión. Mientras Rumsfeld
decía: “Estos son bombardeos humanitarios”, las bombas
destripaban niños y arrasaban mercados callejeros.
El país que más armas y más mentiras fabrica en el
mundo desprecia el dolor de los demás. “Nosotros no contamos
a los muertos”, contestó el general Franks, cuando alguien
le preguntó sobre los daños colaterales, como se llaman
los civiles que vuelan en pedazos sin comerla ni beberla.
Babilonia, la ramera del Antiguo Testamento, merece este castigo. Por
sus muchos pecados y por su mucho petróleo.
Los invasores buscan las armas de destrucción masiva que ellos
habían vendido, cuando el enemigo era amigo, al dictador de Irak,
y que han sido el principal pretexto de la invasión. Hasta ahora,
que se sepa, no han encontrado más que armas de museo, en muy desigual
combate.
Pero, ¿son armas de construcción masiva los misiles gigantes
que ellos disparan? Los invasores tienen a la vista las armas tóxicas
y las armas prohibidas: las están usando. El uranio empobrecido
envenena la tierra y el aire y los racimos de acero de las bombas de fragmentación
matan o mutilan en un área que va mucho más allá
de sus blancos.
***
En 1983, cuando los marines se apoderaron de la isla de Granada, la asamblea
de las Naciones Unidas condenó, por abrumadora mayoría,
la invasión. El presidente Reagan, respetuoso, comentó:
“Esto no ha perturbado para nada mi desayuno”.
Seis años después, fue el turno de Panamá. Los libertadores
bombardearon los barrios más pobres, fulminaron a miles de civiles,
reducidos a 560 en la cifra oficial, y eligieron al nuevo presidente del
país en la base militar de Fort Clayton. El Consejo de Seguridad,
casi por unanimidad, se pronunció en contra. Los Estados Unidos
vetaron la resolución, y se pusieron a trabajar en sus invasiones
siguientes.
Las Naciones Unidas aplaudieron esas invasiones siguientes, o silbaron
y miraron para otro lado. Y fueron las Naciones Unidas las que decretaron
el embargo internacional contra Irak, que asesinó mucha más
gente que la guerra de Bush Padre: más de medio millón de
niños muertos, a confesión de parte, por falta de medicinas
y de alimentos.
Pero ahora, oh sorpresa, las Naciones Unidas se han negado a acompañar
la nueva carnicería de Bush Hijo. Para evitar que en las próximas
guerras se repita este episodio de mala conducta, me temo, no habrá
más remedio que contar los votos del Consejo de Seguridad en el
estado de Florida.
***
No habían aparecido los primeros misiles en los cielos de Irak,
cuando ya se había cocinado el gobierno de ocupación, democrático
gobierno íntegramente formado por militares de Estados Unidos,
y ya se estaba haciendo el reparto de los despojos del vencido. Todavía
se sigue disputando el botín, que no es moco de pavo: los fabulosos
yacimientos de oro negro, el gran negocio de la reconstrucción
de lo que la invasión destruye...
Las empresas agraciadas celebran sus conquistas en las pizarras de la
Bolsa de Nueva York. Allí está el mejor noticiero de la
guerra. Los índices bailan al son de la carnicería humana.
En 1935, el general Smedley Butler había resumido así sus
tres décadas de trabajo como oficial de marines: “Yo fui
un pistolero del capitalismo”. Y había dicho que él
podía dar algunos consejos a Al Capone, porque los marines operaban
en tres continentes y Capone actuaba nada más que en tres distritos
de una sola ciudad.
***
Y a mí qué tajada me va a tocar, se preguntan algunos miembros
de la coalición. Pero, ¿qué coalición? Los
cómplices de esta misión libertadora, que son cuarenta,
como en el cuento de Alí Babá, integran un coro donde abundan
los violadores de los derechos humanos y las dictaduras lisas y llanas.
¿Y desde dónde se ha lanzado la cruzada? ¿Dónde
están ubicadas lasbases militares de Estados Unidos? Basta con
echar una ojeada al mapa: esas monarquías petroleras, inventadas
por las potencias coloniales, se parecen tanto a la democracia como Bush
se parece a Gandhi.
***
Es una alianza de dos. Uno que crece, el imperio de hoy, y otro que encoge,
el imperio de ayer. Los demás sirven el café y esperan la
propina.
Esta alianza de dos por la libertad del petróleo, que Irak nacionalizó,
no tiene nada de nuevo.
En 1953, cuando Irán anunció la nacionalización del
petróleo, Washington y Londres respondieron organizando, juntos,
un golpe de Estado. El mundo libre amenazado hizo correr la sangre y el
sha Pahlevi, estrella de las revistas del corazón, se convirtió
en el carcelero de Irán durante un cuarto de siglo.
En 1965, cuando Indonesia anunció la nacionalización del
petróleo, Washington y Londres también respondieron organizando,
juntos, un golpe de Estado. El mundo libre amenazado instaló la
dictadura del general Suharto sobre una montaña de muertos. Medio
millón, según los cálculos que más cortos
se quedan. De cada árbol colgaba un ahorcado. Todos comunistas,
aclaraba Suharto.
El siguió matando. Le quedó el tic. En 1975, pocas horas
después de una visita del presidente Gerald Ford, invadió
Timor Oriental y asesinó a la tercera parte de la población.
En 1991 mató, allí, a unos cuantos miles más. Diez
resoluciones de las Naciones Unidas obligaban a Suharto a retirarse de
Timor Oriental “sin demora”. El, siempre sordo. A nadie se
le ocurrió bombardearlo por eso, ni las Naciones Unidas le decretaron
ningún embargo universal.
***
En 1994, John Pilger visitó Timor Oriental. Mirara donde mirara,
campos, montañas, caminos, veía cruces. La isla, toda llena
de cruces, era un gran cementerio. De esas matanzas, nadie se había
enterado.
El año pasado, Ana Luisa Valdés estuvo en Yenín,
uno de los campos de refugiados palestinos bombardeados por Israel. Ella
vio un inmenso agujero, lleno de muertos bajo los escombros. El agujero
de Yenín tenía el mismo tamaño que el de las Torres
Gemelas de Nueva York. Pero, ¿cuántos lo veían, además
de los sobrevivientes que revolvían los escombros buscando a los
suyos?
Las tragedias conmueven al mundo en proporción directa a la publicidad
que tienen.
***
Hay periodistas honestos, que cuentan la guerra de Irak tal como la ven.
Algunos, lo han pagado con la vida. Pero hay periodistas disfrazados de
soldados, que más bien parecen soldados disfrazados de periodistas,
que ofrecen versiones adaptadas al paladar de las grandes cadenas de la
desinformación globalizada.
¿Matanzas en los mercados llenos de gente? Fueron bombas iraquíes.
¿Civiles muertos? Escudos humanos que usa el dictador. ¿Ciudades
sitiadas, sin agua ni comida? La invasión es una misión
humanitaria. ¿Resistieron algunas ciudades mucho más de
lo previsto? En la tele, se han rendido todos los días.
Los invasores son héroes. Los invadidos que les hacen frente son
instrumentos de la tiranía: los acusan de defenderse.
La mayoría de los estadounidenses está convencida de que
Saddam Hussein derribó las torres de Nueva York. También
cree, esa mayoría, que su presidente hace lo que hace por el bien
de la humanidad y por inspiración divina. Los medios masivos venden
certezas, y las certezas no necesitan pruebas. Pero el mundo está
harto de que una vez más lo obliguen a tragarse, cada día,
los sapos de ese menú.
***
El país dedicado a bombardear a los demás países,
que desde hace añares viene infligiendo al planeta una incontable
cantidad de once de setiembres, ha proclamado la tercera guerra mundial
infinita.
El presidente, que no fue a Vietnam gracias a papá y que sólo
conoce las guerras de Hollywood, manda matar y manda morir.
No en nuestro nombre, claman los familiares de las víctimas de
las torres.
No en nuestro nombre, clama la humanidad.
No en mi nombre, clama Dios.
Por Eduardo Galeano
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