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La guerra de las falacias por Eduardo Galeano,
1991
I. Preguntitas del primer día
La guerra, ¿para qué?
¿Para probar que el derecho de invasión
es un privilegio de las grandes potencias, y que Hussein no puede hacer
a Kuwait lo que Bush hace a Panamá?
¿Para que el ejército soviético
pueda apalear impunemente a lituanos y letones?
¿Para que Israel pueda seguir haciendo a los
palestinos algo que podría llegar a parecerse a lo que Hitler hizo
a los judíos?
¿Para que los árabes financien la carnicería
de los árabes?
¿Para que quede claro que el petróleo
no se toca?
¿O para que siga siendo imprescindible que el
mundo desperdicie en armamentos dos millones de dólares por minuto,
ahora que se acabó la guerra fría?
¿Y si un día de éstos, de tanto
jugar a la guerra, estalla el mundo? ¿El mundo convertido en arsenal
y cuartel?
¿Quién ha vendido el destino de la humanidad
a un puñado de locos, codiciosos y matones?
¿Quién quedará vivo, para
decir que ese crimen de ellos ha sido un suicidio nuestro?
II. Imágenes del tercer día
La imagen más vendedora: la guerra como espectáculo. La
operación Tormenta del Desierto tiene por estrellas al índice
Dow Jones y a la Cotización del Petróleo, acompañados
por un amplio elenco de Comadrejas Salvajes, Avispas, Vampiros, misiles,
misiles anti-misiles, misiles anti-anti-misiles y muchos extras aterrorizados
bajo sus máscaras de marcianos.
La imagen más cambiada: Saddam Hussein. Es el villano. Antes, era
el héroe.
Desde la caída del muro de Berlin, Occidente
se quedó sin enemigos. La economía de guerra en tiempos
de paz, que está en la base de la prosperidad de los prósperos,
exige enemigos. Si nadie amenaza, ¿para qué tiene el mundo
un soldado cada cuarenta habitantes, mientras tiene nada más que
un médico cada mil? Hussein había servido al Mundo Libre
contra el Hitler de Teherán. No había mejor cliente para
la industria de armamentos. Ahora, él es el Hitler de Bagdad. La
televisión muestra sus ojos de loco fanático. El peligro
del fundamentalismo iraquí ha sustituido al peligro del fundamentalismo
iraní.
Hussein reza. Bush reza. El Papa reza. Todos rezan.
Todos creen en Dios. Y Dios, ¿en quién cree?
La imagen más pétrea: El presidente Bush explica la guerra.
Evocando la pasada gesta mundial contra Hitler, Bush habla en nombre de
los aliados. Los aliados van a liberar a un pequeño país
avasallado por un vecino prepotente y ambicioso. ¿Panamá?
No; el pequeño país se llama Kuwait.
Pero ocurre que la invasión de Kuwait no ha
sido solamente un acto de indudable irresponsabilidad y matonismo. También
ha sido un acto de estupidez: al invadir, Hussein ha servido, en bandeja,
la coartada que Bush necesitaba. Y ahora, todos contra uno: veintiocho
naciones acompañan esta gloriosa operación destinada a salvar
la hegemonía norteamericana en el planeta.
Guerra mediante, los Estados Unidos consolidan su poder
amenazado. Amenazado desde adentro, por la recesión que asoma en
el país que tiene la deuda externa más alta del mundo. Y
amenazado desde afuera, por la imparable competencia del Japón
y de la Alemania unida. Índice de alarma: una productividad tres
veces menor que la del Japón y dos veces menor que la de Europa.
La imagen más reveladora: la reticencia de Helmut Kohl, tan decidora
como el casi silencio de los japoneses. Los rivales de los Estados Unidos
dependen del petróleo del Golfo Pérsico, que a los Estados
Unidos pertenece. A los Estados Unidos y a Inglaterra, la colonia fiel
a su antigua colonia.
La imagen más lastimosa: soldados rusos envían, desde Moscú,
un mensaje a Washington. Son veteranos de la invasión de Afganistán.
Se ofrecen para invadir Irak.
El Este ya no es el contrapeso del Oeste. Una nueva
era: los Estados Unidos pueden ejercer impunemente su función de
policías del mundo. Y ya se sabe que este país, que nunca
fue invadido por nadie, tiene la vieja costumbre de invadir a los demás.
En un par de siglos de vida independiente, más de doscientas agresiones
armadas contra otros paises independientes.
La imagen más elocuente: Pérez de Cuéllar, en sombras,
con la cara entre las manos. Nacidas para la paz, las Naciones Unidas
son ahora un instrumento de guerra. El Consejo de Seguridad ha dado luz
verde. A la Unión Soviética le pareció bien. China
no se opuso. Cuba y Yemen votaron en contra.
Irak está siendo castigado, porque se negó
a cumplir una resolución de la ONU. Antes, los Estados Unidos se
habían negado a cumplir varias resoluciones de la ONU sobre Nicaragua.
También Israel se había negado a cumplir varias resoluciones
de la ONU sobre los territorios que usurpa. Y el mundo no les declaró
la guerra por eso.
La imagen más siniestra: el rey Fahd y el emir de Kuwait, los hombres
más ricos del mundo, y los demás gangsters del desierto,
monarcas de ópera bufa que administran los países que el
Imperio Británico, en sus buenos tiempos, había comprado
o inventado. Las petrocracias encarnan a la Democracia en esta telenovela
sangrienta. Y en la ceremonia del sacrificio, corren con los gastos. El
petróleo da para todo.
La imagen más eufórica: júbilo en Wall Street. La
Bolsa de Valores de Nueva York registra una de las mayores alzas de la
historia. Mientras tanto, cae el precio del petróleo. O sea: se
restablece la normalidad del mercado. En la zona de guerra yace más
de la mitad de las reservas petroleras del mundo; pero parece garantizado
el derecho al despilfarro de las potencias consumidoras. Se puede seguir
quemando la energía del planeta. Honda preocupación había
causado una falsa alarma: no, Europa no tendrá que reducir su consumo
en un 7 por ciento. Los automóviles suspiran con alivio. Los televisores,
también. Esta guerra ha batido todos los récords de rating.
La imagen más helada: los tecnócratas de la muerte. Arte
de la guerra, el canibalismo como gastronomía: los generales explican
la buena marcha del plan de aniquilación. Se ven mapas sin habitantes,
o pantallas de videogame donde las crucecitas blancas señalan el
destino de las bombas que caen como lluvia.
La imagen más estimulante: las manifestaciones pacifistas. Rosas
o velas encendidas en las manos. La televisión las ningunea; pero
en algunas ciudades son multitudes las que caminan y crecen. Creen que
la guerra no es nuestro destino.
La imagen más trágica: la no transmitida. La imagen ausente,
censurada en estos primeros días: los muertos, los heridos, los
mutilados. Las vidas humanas. Ese detalle.
La imagen más angustiosa: los días que pasan. 1991, único
año capicúa del siglo veinte, había nacido prometiendo
buena suerte. A poco andar, ya lo enchastran la sangre y la mugre de la
guerra. Ojalá este año chiquilín pueda cambiar de
signo. Ojalá lo dejen. Él no quiere ser un jodido.
(1991)
Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos,
Siglo Veintiuno de España Editores, Madrid, 1992
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