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8 de abril de 2003
Hondas Preocupaciones
Noam Chomsky
Traducido por Fran Bastida y revisado por Salva Tortajada
Título Original: Deep
Concerns
En estos desalentadores momentos, no podemos hacer nada por parar la
invasión en curso. Pero eso no significa que la tarea haya acabado
para la gente a la que le preocupa la justicia, la libertad, y los derechos
humanos. Ni mucho menos. El cometido será mucho más urgente
que antes, sea cual sea el resultado del ataque. Y sobre eso nadie tiene
la menor idea, ni el Pentágono, ni la CIA, ni nadie. Las posibilidades
van desde horrorosas catástrofes humanitarias, de las que han estado
avisando agencias de ayuda que trabajan en Irak, a resultados relativamente
benévolos. El hecho de que no se le roce el pelo a nadie, no mitiga
de ninguna forma la criminalidad de los que están dispuestos a
someter a gente indefensa a tan terribles riesgos, a cambio de sus vergonzosos
propósitos.
En cuanto a los resultados, pasará mucho tiempo antes de que se
puedan hacer juicios preliminares. Un objetivo inmediato es aportar todo
el peso que podamos para lograr los resultados más benignos. Eso
significa, básicamente, atender las necesidades de las víctimas.
Y no sólo de esta guerra sino de las del despiadado y destructivo
régimen de sanciones de Washington de los últimos diez años,
que ha destrozado a la sociedad civil, reforzado al tirano y obligado
a la población a depender de él para sobrevivir. Tal y como
se ha señalado durante años, las sanciones han minado, por
lo tanto, la esperanza de que Sadam Husein se fuera de la forma que lo
hicieron otros tiranos asesinos no menos despiadados que él. Eso
incluye una terrible galería de criminales que también fueron
respaldados por los que ahora llevan el timón en Washington, en
muchos casos hasta los últimos días de su sangriento mandato,
como Ceausescu, por mencionar sólo un caso evidente y sumamente
pertinente.
El más mínimo decoro exigirá grandes reparaciones
por parte de EE.UU. Si no es así, al menos un flujo de ayuda a
los iraquíes para que puedan reconstruir lo que ha sido destruido
en sus nombres y no como dicten los que están en Washington y Crawford,
cuya mayor convicción es que el poder emana del cañón
de una pistola.
Pero las cuestiones son mucho más fundamentales y de más
alcance. La oposición a la invasión de Irak no ha tenido
precedente histórico alguno. Por eso Bush tuvo que verse con sus
dos compinches en una base militar de una isla, donde estarían
a salvo del pueblo llano. La oposición puede que esté centrada
en la invasión de Irak, pero sus preocupaciones van mucho más
allá. Existe un gran temor al poderío estadounidense, al
que se considera como la mayor amenaza a la paz en la mayor parte del
mundo y probablemente por una gran mayoría. Y con la tecnología
destructiva que tiene ahora, volviéndose cada vez más letal
e inquietante, amenazar la paz equivale a amenazar la supervivencia.
El temor al gobierno de EE.UU. no se basa solamente en la invasión,
sino en los antecedentes de los que surge: una determinación declarada
abiertamente de gobernar el mundo por la fuerza, dimensión en la
que el poder de EE.UU. es supremo, y asegurar que nunca existirá
un desafío a su dominación. Las guerras preventivas están
para que se luchen a voluntad: Preventiva (de prevenir)[1]. Sean cuales
sean las justificaciones que en un momento dado puedan darse para una
guerra preventiva, no sirven para una categoría tan diferente como
la guerra preventiva (de destruir), es decir, el uso de la fuerza militar
para eliminar una amenaza imaginada o inventada. La meta anunciada abiertamente
es prevenir un desafío al "poder, la posición y el
prestigio de EE.UU.". Tal desafío, ahora o en el futuro, y
cualquier señal que pueda emerger, será afrontada con una
fuerza arrolladora por los dirigentes del país que gasta más
que el resto del mundo junto en medios violentos y que está fraguando
nuevos y peligrosísimos caminos en contra de una casi unánime
oposición mundial, como por ejemplo, el desarrollo de armas mortíferas
en el espacio.
Merece la pena tener en cuenta que las palabras que he citado no son las
de Dick Cheney o Donald Rumsfeld u otros extremistas radicales ahora en
el poder. Son palabras del respetado estadista Dean Acheson, hace 40 años,
cuando era asesor de la Administración de Kennedy. Justificaba
las acciones estadounidenses contra Cuba, sabiendo que la campaña
terrorista internacional enfocada al "cambio de régimen"
acababa de llevar al mundo al borde de una guerra nuclear irreversible.
No obstante, ordenó a la Sociedad Americana de Derecho Internacional
que no levantara ninguna "cuestión legal" en caso de
una respuesta de EE.UU. a un desafío a su "poder, posición
y prestigio", especialmente si se trataba de ataques terroristas
y guerra económica contra Cuba.
Saco esto a colación para recordar que estas cuestiones están
profundamente arraigadas. La Administración actual se coloca en
la punta extremista del espectro de la planificación política,
y su aventurismo y predilección por la violencia son extraordinariamente
peligrosos. Pero el espectro no es tan ancho, y a menos que estas cuestiones
tan profundas se traten, podemos estar seguros que otros extremistas ultra
reaccionarios se harán con el control de increíbles medios
de devastación y represión.
La "ambición imperial" de los actuales dirigentes, como
francamente se le llama, ha suscitado estremecimientos por todo el mundo,
incluidas las altas esferas del establishment en casa. En otros lugares,
por supuesto, las reacciones son mucho más temidas, especialmente
entre las víctimas tradicionales. Éstas saben mucha historia,
a base de sufrirla, como para que se les consuele con una retórica
exaltada. Han escuchado sobradamente lo mismo durante siglos al tiempo
que eran golpeados por el club de la "civilización".
Hace sólo unos días, el líder del movimiento de países
no alineados, que incluye a los gobiernos de la mayoría de la población
mundial, tachó a la Administración de Bush de ser más
agresiva que Hitler. Resulta que este líder es muy pro-americano
y está muy involucrado en proyectos económicos internacionales
en Washington. Y caben pocas dudas de que habla por muchas de las víctimas
tradicionales, y en estos momentos, incluso por muchos de los opresores
tradicionales.
Es factible continuar de esta forma, e importante considerar detenidamente
estas cuestiones, con cuidado y honestidad.
Incluso antes de que la Administración de Bush intensificara vertiginosamente
estos temores en los últimos meses, especialistas en asuntos internacionales
y de inteligencia estaban informando al que quisiera escuchar, que la
política que Washington está siguiendo lleve probablemente
a un aumento del terror y de la proliferación de armas de destrucción
masiva, como medio de venganza o simple disuasión. Washington dispone
de dos formas de responder a las amenazas derivadas de sus acciones y
proclamaciones alarmantes. Una forma es tratar de mitigar las amenazas
prestando atención a quejas justificadas y acordar formar parte
como miembro civilizado de la comunidad mundial. La otra forma es construir
maquinarias de destrucción y dominación cada vez más
abrumadoras, para que cualquier desafío que se perciba, por remoto
que sea, pueda ser aplastado, provocando nuevos y mayores desafíos.
Esta forma conlleva serios peligros para la gente de EE.UU. y del mundo,
y puede, muy posiblemente, llevar a la extinción de la especie,
lo que no es una cuestión descabellada.
Una guerra nuclear irreversible se evitó en el pasado por puro
milagro. Por ejemplo, unos meses antes del discurso de Acheson, por citar
un caso que debería estar fresco en nuestras mentes hoy. Las amenazas
son serias y crecientes. El mundo tiene buenas razones para advertir lo
que está pasando en Washington con temor e inquietud. La gente
que está mejor situada para disipar esos temores y encabezar el
camino hacia un futuro más esperanzador y constructivo son los
ciudadanos de EE.UU.
Esas son algunas de las preocupaciones que, creo, deben tenerse en mente
con claridad mientras observamos cómo los hechos se van produciendo
de manera impredecible, al tiempo que la más impresionante fuerza
militar en la historia de la humanidad se desata contra un enemigo indefenso
junto a un líder político que ha acumulado un récord
aterrador de destrucción y barbarismo desde que tomó las
riendas del poder hace más de 20 años.
Por Noam Chomsky
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