| 6 de marzo de 2003
Las casuísticas de la paz y la guerra
Perry Anderson
La probabilidad de una segunda guerra en Irak suscita un gran número
de preguntas, tanto analíticas como políticas. ¿Cuáles
son las intenciones ocultas tras la inminente campaña? ¿Cuáles
serán las consecuencias? ¿Qué nos dicen los preparativos
de la guerra sobre la dinámica a largo plazo del poder estadounidense
global? Estas cuestiones permanecerán sobre la mesa todavía
durante algún tiempo, más allá de cualquier ofensiva
que tenga lugar esta primavera. El proscenio está ocupado en la
actualidad por distintos argumentos, relativos a la legitimidad o a la
cordura de la expedición militar que ahora se prepara. Mi objetivo
aquí consistirá en reflexionar sobre las críticas
que recibe en la actualidad la Administración Bush articuladas
dentro de la opinión general, así como sobre las respuestas
de la Administración a tales críticas, todo ello con vistas
a discernir la estructura de justificación intelectual de ambos
argumentos, lo que los divide y lo que tienen común. Por último,
terminaré con unos comentarios sobre cómo se ve este debate
desde la perspectiva de unas premisas distintas.
Si observamos por encima las múltiples objeciones que se le hacen
a una segunda guerra en el Golfo, podemos distinguir seis críticas
principales, expresadas de maneras diferentes y distribuidas a través
de un amplio abanico de la opinión.
1. El ataque proyectado contra Irak es una cruda demostración de
la unilateralidad estadounidense. La Administración Bush ha declarado
abiertamente su intención de atacar Bagdad, con el aval de las
Naciones Unidas o sin él. Esto representa no solamente un grave
revés para la unidad de la alianza occidental, sino que conducirá
a un peligroso debilitamiento sin precedentes de la autoridad del Consejo
de Seguridad, que es la encarnación más elevada del derecho
internacional.
2. La intervención masiva a tal escala en el Oriente Próximo
sólo puede fomentar el terrorismo antioccidental. Más que
ayudar a la destrucción de Al Qaida, probablemente multiplicará
el número de voluntarios que se alistarán en esa organización.
Los Estados Unidos correrán más peligro después de
una guerra contra Irak que el que corrían antes.
3. La campaña en preparación es un ataque preventivo, abiertamente
declarado como tal, que socava el respeto hacia el derecho internacional
y expone al mundo a un torbellino de violencia, conforme otros estados
sigan la misma senda y se tomen la justicia por sus propias manos.
4. La guerra, en cualquier caso, siempre debería ser una última
instancia para resolver un conflicto internacional. En el caso de Irak,
un endurecimiento de las sanciones y la vigilancia bastarían para
desmantelar el régimen baath, ahorrando vidas inocentes y conservando
la unidad de la comunidad internacional.
5. La obsesión con Irak es una distracción del peligro más
agudo que plantea Corea del Norte, país que tiene un mayor potencial
nuclear, un ejército más poderoso e incluso unos dirigentes
más temibles. Los Estados Unidos deberían ocuparse con mayor
prioridad de Kim Jong Il, no de Sadam Husein.
6. Incluso si la invasión de Irak se llevase a cabo sin complicaciones,
la ocupación del país será una empresa demasiado
arriesgada y costosa para que los Estados Unidos salgan de ella sin problemas.
La participación aliada es necesaria para que tenga cualquier posibilidad
de éxito, pero la unilateralidad de la Administración compromete
la posibilidad de dicha participación. El mundo árabe probablemente
asistirá con resentimiento a un protectorado extranjero. Incluso
con una coalición occidental para controlar el país, Irak
es una sociedad profundamente dividida, sin tradición democrática,
que no podrá ser fácilmente reconstruido según el
modelo alemán o japonés de la posguerra. Los costos potenciales
de la aventura pesan más que cualquier posible ventaja que los
Estados Unidos pudieran obtener.
Tal es, más o menos, el conjunto de las críticas que se
pueden encontrar en los medios de comunicación convencionales y
en respetables círculos políticos, tanto en los propios
Estados Unidos como -incluso más- en Europa y en otros lugares.
Se pueden resumir en unos pocos títulos: los vicios de la unilateralidad,
los riesgos de alentar el terrorismo, los peligros de la guerra preventiva,
el costo humano de la guerra, la amenaza de Corea del Norte y las responsabilidades
de hacer más de lo necesario. Como tal, se dividen en dos categorías:
las objeciones de principios -los males de la unilateralidad, de la guerra
preventiva- y las objeciones de prudencia: los peligros del terrorismo,
Corea del Norte, el problema de hacer más de lo necesario.
¿Qué respuestas puede dar la Administración Bush
a cada una de ellas?
1. La unilateralidad. Históricamente, los Estados Unidos siempre
se han reservado el derecho de actuar solos si era necesario, si bien
buscando aliados dentro de lo posible. En años recientes actuaron
solos en Grenada, en Panamá, en Nicaragua... ¿Cuáles
son sus aliados que se quejan ahora de los acomodos que tuvieron lugar
en cualquiera de esos países? En cuanto a las Naciones Unidas,
la OTAN no las consultó cuando lanzó su ataque contra Yugoslavia
en 1999, en el que participaron todos los aliados europeos que ahora hablan
de la necesidad de una autorización del Consejo de Seguridad y
que fue apoyado calurosamente por el 90 por ciento de la opinión
que ahora se queja de nuestros planes para Irak. Si fue correcto derrocar
por la fuerza a Milosevic, que no tenía armas de destrucción
masiva y que incluso toleró una oposición que llegó
a ganar unas elecciones, ¿por qué no lo ha de ser derrocar
por la fuerza a Sadam, un tirano más peligroso, cuyo historial
de violaciones de derechos humanos es peor, que ha invadido a un vecino,
que utilizó armas químicas y que no soporta oposición
de ninguna clase? En cualquier caso, las Naciones Unidas ya han aprobado
la resolución 1441, que deja la vía libre a los miembros
del Consejo de Seguridad para aplicar la fuerza contra Irak, con lo que
la legalidad de un ataque no está en entredicho.
2. El terrorismo. Al Qaida es una red que se guía por el fanatismo
religioso de una fe que apela a la guerra santa del mundo musulmán
contra los Estados Unidos. La creencia de que Alá asegura la victoria
a los jihadi es uno de sus principios básicos. Por ello, no hay
mejor manera de desmoralizar y terminar con dicha creencia que demostrando
la falsedad de la ayuda celestial y la imposibilidad absoluta de resistir
a la muy superior fuerza militar estadounidense. Los fanatismos nazi y
japonés se apagaron con el simple hecho de una derrota aplastante,
y si Al Qaida está muy lejos de aquel poderío, ¿por
qué ahora sería distinto?
3. La guerra preventiva. Lejos de ser una nueva doctrina, es un derecho
tradicional de los estados. Al fin y al cabo, ¿qué fue la
más admirada victoria militar de la posguerra, sino un ataque preventivo?
La Guerra de los Seis Días de Israel, en 1967, lejos de ser condenable,
dio lugar a la moderna doctrina de las Guerras justas e injustas, tal
como la definió el distinguido filósofo de la izquierda
estadounidense Michael Walter en un trabajo vivamente elogiado por el
todavía más ilustre filósofo liberal John Rawls en
su The Law of Peoples [El derecho de los pueblos. Más aún,
al atacar Irak, lo único que haremos es completar el vital ataque
preventivo de 1981contra el reactor Osirak. ¿Quién se queja
ahora de aquello?
4. El costo humano de la guerra. En verdad es algo trágico y haremos
todo lo que podamos -que técnicamente es mucho- para reducir al
mínimo las víctimas civiles. Pero la realidad es que una
guerra rápida ahorrará vidas y no al contrario. Según
la UNICEF, desde 1991 las sanciones contra Irak -apoyadas por la mayor
parte de quienes ahora se oponen a la guerra- han causado 500.000 muertes
por desnutrición y enfermedad. Incluso si aceptamos una cifra inferior,
es decir, 300.000, es muy improbable que la guerra rápida y quirúrgica
que somos capaces de llevar a cabo se acerque a esta destrucción
provocada en tiempo de paz. Al contrario, una vez Sadam derrocado, el
petróleo fluirá libremente de nuevo y los niños iraquíes
tendrán bastante para comer. La población aumentará
de nuevo con celeridad.
5. Corea del Norte. Se trata de un estado comunista arruinado que seguramente
plantea un gran peligro para el nordeste asiático. Tal como señalamos
mucho antes de las actuales protestas, es la otra extremidad del Eje de
Mal. Pero es de sentido común que concentremos nuestras fuerzas
primero en el eslabón más débil del Eje, no en el
más fuerte. Si hemos de proceder con mayor cautela al derrocamiento
del régimen no es porque Pyongyang tenga o no tenga unas rudimentarias
armas nucleares, que podemos fácilmente destruir, sino porque podría
abalanzarse sobre Seúl en un ataque convencional. ¿Acaso
alguien duda de que tenemos la intención de ocuparnos también
del régimen norcoreano cuando llegue el momento?
6. El problema de hacer más de lo necesario. La ocupación
de Irak realmente plantea un desafío, que no subestimamos. Pero
es una apuesta razonable. La hostilidad árabe está sobreestimada.
Al fin y al cabo, durante los dos años que ha necesitado Israel
para aniquilar la segunda intifada ante las cámaras de la televisión,
no ha habido ni una sola manifestación de importancia en el Oriente
Próximo, y eso que la simpatía popular por los palestinos
es mucho mayor que por Sadam. También suele olvidarse que ya tenemos
un protectorado muy ventajoso en el tercio norte de Irak, donde hemos
abatido cabezas kurdas con bastante eficacia. ¿ Alguna vez se ha
quejado alguien? El centro sunni del país seguramente será
más difícil de controlar, pero la idea de que en Oriente
Próximo es imposible mantener regímenes estables creados
o dirigidos por poderes extranjeros es absurda. Basta con recordar la
prolongada estabilidad de la monarquía que establecieron los británicos
en Jordania o el satisfactorio pequeño estado que crearon en Kuwait.
Mejor aún, pensemos en nuestro leal amigo Mubarak, de Egipto, que
tiene una población urbana mucho más numerosa que Irak.
Todo el mundo decía que Afganistán era un cementerio para
los extranjeros -británicos, rusos, etc.-, pero lo liberamos con
bastante rapidez y ahora las Naciones Unidas hacen un trabajo excelente
que lo está haciendo revivir. ¿ Por qué no Irak?
Si todo va bien, podríamos obtener grandes ventajas: una plataforma
estratégica, un modelo institucional y considerables provisiones
de petróleo.
Ahora, si uno considera desapasionadamente ambos modelos de argumentos,
quedan pocas dudas de que, en cuestiones de principios, la posición
de la Administración Bush contra sus críticos es inatacable,
y está muy claro por qué. Ambos lados comparten una serie
de asunciones comunes, cuya lógica hace que el ataque contra Irak
sea una proposición sumamente defendible. ¿Cuáles
son tales asunciones? Se pueden resumir como sigue:
1. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas representa la expresión
legal suprema de la 'comunidad internacional'; excepto en los casos en
que no se especifica, sus resoluciones tienen una fuerza obligatoria jurídica
y moral.
2. Sin embargo, las intervenciones humanitarias u otras por parte de Occidente,
cuando son necesarias, no requieren el permiso de las Naciones Unidas,
aunque siempre sea preferible obtenerlo.
3. Irak cometió una ofensa contra el derecho internacional cuando
trató de anexar Kuwait y fue castigado por aquel crimen, contra
el cual las Naciones Unidas se han venido alzando desde entonces como
una sola voz.
4. Irak también ha procurado adquirir armas nucleares, cuya proliferación
es, en cualquier caso, un peligro urgente para la comunidad internacional,
por no hablar de las armas químicas o biológicas.
5. Irak es una dictadura como no hay otra, o quizá sólo
unas pocas más, incluida Corea del Norte, que viola los derechos
humanos.
6. En consecuencia, Irak no puede gozar de los derechos de un estado soberano,
sino que debe someterse a bloqueos, bombardeos y pérdidas de integridad
territorial, hasta que la comunidad internacional decida lo contrario.
Equipados con estas premisas, no es difícil demostrar que a Irak
no se le puede permitir que posea armas nucleares o de cualquier otro
tipo; que ha desafiado resoluciones sucesivas de las Naciones Unidas;
que el Consejo de Seguridad aprobó tácitamente un segundo
ataque contra su territorio (cosa que no hizo en el ataque contra Yugoslavia)
y que Sadam Husein hace tiempo que se merece la destitución.
No obstante, estas mismas premisas pueden ser utilizadas por los críticos
de la Administración Bush, aunque no basándose en principios,
sino simplemente en razones de prudencia: puede que la invasión
de Irak sea moralmente aceptable e incluso deseable, pero ¿es políticamente
acertada? El cálculo de las consecuencias es siempre más
imponderable que la deducción a partir de principios, de manera
que deja mucho espacio libre para desacuerdos considerables. Es poco probable
que cualquiera que esté convencido de que Al Qaeda es un bacilo
mortífero a la espera de convertirse en una epidemia, que Kim Jong
Il es un déspota todavía más demente que Sadam Husein
o aquel Irak podría convertirse en otro Vietnam, se deje influenciar
si se le recuerda la resolución 1441 de las Naciones Unidas o la
alta misión de la OTAN en la protección de derechos humanos
en los Balcanes.
Las estructuras de justificación intelectual son una cosa. El sentimiento
popular, aunque no sea inmune a ellas, es otra. Las multitudinarias manifestaciones
del 15 de febrero en la Europa occidental, en los Estados Unidos y en
Australia, opuestas a un ataque contra Irak, plantean un tipo diferente
de pregunta. Es así de simple. ¿Cómo explicar esta
enorme y apasionada rebelión contra la perspectiva de una guerra
cuyos principios se diferencian poco de precedentes intervenciones militares,
las cuales fueron aceptadas o incluso bienvenidas por tantos de quienes
ahora se alzan contra ésta? ¿Por qué la guerra en
Oriente Próximo hoy despierta sentimientos que la guerra de los
Balcanes no despertó, si lógicamente son tan similares?
Es poco probable que la desproporción de las reacciones tenga algo
que ver con distinciones entre Belgrado y Bagdad y, en cualquier caso,
esta última ha dado más motivos para la intervención.
Está claro que la explicación se encuentra en otra parte.
Tres factores parecen haber sido decisivos.
En primer lugar, la hostilidad al régimen republicano de la Casa
Blanca. La aversión cultural por la presidencia de Bush está
muy extendida en la Europa occidental, donde sus ásperas afirmaciones
sobre la supremacía estadounidense y su tendencia poco diplomática
de aunar las palabras con los hechos han logrado que la opinión
pública, acostumbrada a que se suela correr un velo decoroso sobre
la realidad del poder, no lo aprecie en absoluto. Para comprender hasta
qué punto tiene peso este ingrediente en el sentimiento pacifista
europeo, basta con recordar la sumisión con que se tomaron los
sucesivos bombardeos de Clinton sobre Irak. Si una Administración
Gore o Lieberman estuviese preparando una segunda guerra del Golfo, la
resistencia sería la mitad de la que hay ahora. La aversión
actual hacia Bush de los medios de comunicación y de la opinión
pública de la Europa occidental no tiene ninguna relación
con las diferencias reales entre los dos partidos en los Estados Unidos.
Basta con señalar que Kenneth Pollack y Philip Bobbitt, que son
respectivamente el principal exponente práctico y el principal
teórico intelectual de la guerra contra Irak, son antiguos ornamentos
del régimen de Clinton. Pero como los sistemas políticos
occidentales tienden a difuminar los contrastes sustanciales de la política,
las diferencias simbólicas de estilo y la imagen pueden adquirir,
en compensación, una rigidez histérica. El Kulturkampf entre
demócratas y republicanos dentro de los Estados Unidos ahora se
está reproduciendo entre los Estados Unidos y la Unión Europea.
Es típico que en tales discusiones la violencia de las pasiones
partidistas sea inversamente proporcional a la profundidad de los auténticos
desacuerdos. Pero al igual que en los conflictos entre las facciones azules
y verdes del hipódromo bizantino, preferencias afectivas mínimas
pueden tener consecuencias políticas importantes. La Europa que
echa de menos a Clinton -véase cualquier editorial en The Guardian
, Le Monde, La Repubblica o El País-- puede unirse para rechazar
a Bush.
En segundo lugar está el espectáculo. La opinión
pública estaba bien preparada para la Guerra de los Balcanes debido
a la masiva cobertura de la prensa y de la televisión con respecto
a las salvajadas étnicas que se estaban cometiendo en la región,
que eran reales y -tras Rambouillet, en un grado considerable- míticas.
Las incomparablemente mayores matanzas de Ruanda, donde los Estados Unidos,
por temor a que los medios de comunicación dejasen de informar
sobre Bosnia, bloquearon la intervención durante el mismo período,
fueron totalmente ignoradas. El sitio de Sarajevo, retransmitido con todo
detalle, horrorizó a millones de personas. La destrucción
de Grozny, que sucedió fuera de campo, apenas provocó un
encogimiento de hombros. Clinton la llamó liberación y Blair
se apresuró a felicitar a Putin por las elecciones que ganó
por tal motivo. En Irak, la grave situación de los kurdos fue ampliamente
televisada después de la guerra del Golfo, lo cual movilizó
a la opinión pública a favor de la creación de un
protectorado angloestadounidense, sin necesidad de una autorización
de las Naciones Unidas. Pero hoy, por mucho que Washington o Londres declamen
las atrocidades de Sadam Husein, por no hablar de sus armas de destrucción
masiva, son invisibles a todos los efectos prácticos para el espectador
europeo. Las sesiones de diapositivas de Powell en el Consejo de Seguridad
no tienen parangón con las imágenes de Bernard-Henri Lévy
o de Michael Ignatieff vibrando ante el micrófono. A falta de imágenes,
la liberación de Bagdad deja fría la imaginación
de los europeos.
En tercer lugar, quizás la razón más importante sea
el miedo. Los bombardeos aéreos pudieron llevarse a cabo sobre
Yugoslavia en 1996 y de manera continua sobre Irak a partir de 1991 sin
ningún riesgo de represalias. ¿Qué podían
hacer Milosevic o Sadam? Eran blancos fáciles. El atentado del
11 de septiembre alteró este sentimiento de seguridad. Fue de verdad
un espectáculo inolvidable, diseñado para hipnotizar a Occidente.
El objetivo de los ataques eran los Estados Unidos, no Europa. Si bien
los estados europeos, con Gran Bretaña y Francia a la cabeza, participaron
en la respuesta contra Afganistán, para sus poblaciones la guerra
se desarrolló en un escenario remoto, y el telón se bajó
con rapidez. La perspectiva de una invasión y de una ocupación
de Irak, mucho más grande y más cercana, en el corazón
de Oriente Próximo, donde la opinión pública europea
observa con inquietud -pero sin hacer nada al respecto- que algo va mal
en la tierra de Israel, es otra cosa. El espectro de la venganza por parte
de grupos como Al Qaeda o similares en una nueva versión de la
Guerra de los Balcanes ha enfriado a muchos ardientes partidarios del
nuevo 'humanismo militar' de finales de los años noventa. Los serbios
eran una bagatela: menos de ocho millones. Los árabes son doscientos
ochenta millones y están más cerca de Europa que de los
Estados Unidos, e incluso muchos de ellos en su interior. Ante la expedición
a Bagdad, incluso los militantes leales del New Labour se preguntan ahora:
¿estáis seguros de que esta vez nos vamos a librar?
Los grandes movimientos de masas no se deben juzgar con rígidas
normas lógicas. Sean cuales sean sus motivos, las multitudes que
han protestado contra una guerra en Irak son un latigazo contra los gobiernos
que la promueven. En cualquier caso, había allí elementos
demasiado jóvenes como para haberse comprometido a causa de los
precedentes. Pero si el movimiento desea permanecer deberá desarrollarse
más allá de las limitaciones del club de fans, de la política
del espectáculo, de la ética del miedo. Porque la guerra,
si tiene lugar, no se parecerá a Vietnam. Será corta y aguda
y no hay ninguna garantía de que la justicia poética llegará
después. Una simple oposición prudencial a la guerra no
sobrevivirá al triunfo, y tampoco lo hará lo que se escriba
a mano sobre su legalidad en una hoja de parra de las Naciones Unidas.
Los diversos jueces y abogados que ahora ponen reparos a la campaña
que se avecina harán las paces con sus comandantes bastante pronto,
una vez que los ejércitos aliados se instalen en el Tigris y Kofi
Annan pronuncie uno o dos discursos para hacer las paces, redactados por
los 'negros' del Financial Times , sobre la distensión de la posguerra.
La resistencia, si desea perdurar, deberá encontrar otros principios
en qué basarse. Y puesto que los debates actuales invocan interminablemente
a la 'comunidad internacional' y a las Naciones Unidas, como si fuesen
un bálsamo contra la Administración Bush, deberán
asimismo comenzar por ahí. He aquí algunas proposiciones
telegráficas que podrían servir de alternativas:
1. No existe ninguna comunidad internacional. El término es un
eufemismo de la hegemonía estadounidense. Se debe a la Administración
el que algunos de sus funcionarios lo hayan abandonado.
2. Las Naciones Unidas no son un lugar de autoridad imparcial. Su estructura,
dado el poder abrumador de las cinco naciones vencedoras de una guerra
que tuvo lugar hace cincuenta años, es políticamente indefendible:
comparable históricamente a la Santa Alianza de principios del
siglo XIX, que también proclamó su misión de preservar
la 'paz internacional 'en beneficio de la humanidad'. Mientras que estos
poderes estuvieron divididos por la guerra fría, se neutralizaron
unos a otros en el Consejo de Seguridad y la organización fue inofensiva.
Pero ahora que la guerra fría se ha terminado, las Naciones Unidas
se han convertido esencialmente en una pantalla para la voluntad estadounidense.
Supuestamente dedicada a la causa de la paz internacional, la organización
ha emprendido dos guerras importantes desde 1945 y no ha impedido ninguna.
Sus resoluciones son sobre todo ejercicios de manipulación ideológica.
Algunos de sus afiliados secundarios -la UNESCO, la Unctad y otros similares-
hacen un buen trabajo y la Asamblea general es poco dañina. Pero
no hay ninguna posibilidad de reformar el Consejo de Seguridad. El mundo
estaría mucho mejor -sería un conjunto más honorable
de estados iguales- sin su presencia.
3. El oligopolio nuclear de los cinco poderes vencedores de 1945 es igualmente
indefendible. El Tratado de no proliferación nuclear es una burla
de cualquier principio de igualdad o de justicia, pues quienes poseen
las armas de destrucción masiva insisten en que todos, excepto
ellos, se deshagan de ellas en beneficio de la humanidad. En el caso de
que algunos estados reclamaran tales armas, serían los pequeños,
no los grandes, ya que éstas compensarían el poder y la
arrogancia de estos últimos. En la práctica, como era de
esperar, estas armas están muy difundidas, y puesto que los grandes
poderes se niegan a desechar las suyas, no hay ninguna razón para
oponerse a que otros las posean. Kenneth Waltz, decano estadounidense
de la teoría de las relaciones internacionales y una fuente impecablemente
respetable, publicó hace mucho tiempo un tranquilo y detallado
ensayo, que nunca ha sido refutado y que se titulaba 'The Spread of Nuclear
Weapons: More May Be Better' [La proliferación de las armas nucleares:
más puede ser mejor]. Es una lectura recomendable. La idea de que
no se debe permitir que Irak o Corea del Norte posean tales armas, mientras
que se puede perdonar que Israel o la Sudáfrica blanca sí
las tengan, no tiene base lógica alguna.
4. Las anexiones de territorios -denominadas conquistas en un lenguaje
más tradicional-, cuyo castigo es la justificación nominal
del bloqueo impuesto por las Naciones Unidas a Irak, nunca atrajeron las
iras de las Naciones Unidas cuando los conquistadores eran aliados de
los Estados Unidos, sino únicamente cuando eran sus adversarios.
Las fronteras de Israel, a pesar de las resoluciones de las Naciones Unidas
de 1947, por no hablar de 1967, son el producto de conquistas. Turquía
se apoderó de dos quintas partes de Chipre, Indonesia de Timor
oriental y Marruecos del Sahara Occidental, sin que nadie temblara en
el Consejo de Seguridad. Los detalles legales importan sólo cuando
los intereses de los enemigos están en juego. En lo que respecta
a Irak, las agresiones excepcionales del régimen baath son un mito,
tal como John Mearsheimer y Stephen Walt -a quienes difícilmente
se los puede tachar de radicales incendiarios- han demostrado recientemente
con detalle en su reciente ensayo publicado en Foreign Policy.
5. El terrorismo, tal como lo practica Al Qaeda, no es una amenaza seria
para el statu quo en ninguna parte. El éxito espectacular del ataque
del 11 de septiembre se basó en la sorpresa -incluso la del cuarto
avión- y es imposible de repetir. Si Al Qaeda hubiera sido una
organización fuerte, habría descargado sus golpes en los
estados clientes de Estados Unidos en Oriente Próximo, donde el
derrocamiento de un régimen significaría una diferencia
política, más que en los Estados Unidos, donde sólo
hizo el efecto de un pinchazo. Tal como han señalado Olivier Roy
y Gilles Keppel, las dos mejores autoridades en el campo de islamismo
contemporáneo, Al Qaeda es el remanente aislado de un movimiento
de masas del fundamentalismo musulmán, cuya utilización
del terror es el síntoma de su debilidad y de su derrota, el equivalente
islámico de la Facción del Ejército Rojo o de las
Brigadas Rojas que surgieron en Alemania y Italia una vez que los grandes
levantamientos de estudiante de finales de los años sesenta se
hubieran desvanecido, y que fueron fácilmente reprimidos por el
estado. La total incapacidad de Al Qaeda para organizar un solo atentado
mientras que sus bases estaban siendo destruidas y sus mandos aniquilados
en Afganistán, habla mucho sobre su debilidad. De formas diferentes,
la evocación del espectro de una conspiración enorme y mortal,
capaz de golpear en cualquier momento, le hace el juego tanto a la Administración
como a la oposición del Partido Demócrata, pero es un invento
que tiene poco que ver de una u otra manera con Irak, que ni tiene hoy
conexiones con Al Qaeda ni probablemente podrá hacer que la organización
reviva si cae mañana.
6. Las tiranías o el abuso de los derechos humanos, que ahora se
utilizan para justificar intervenciones militares -pasando por encima
de la soberanía nacional en nombre de valores humanitarios- son
otra cosa que las Naciones Unidas también utilizan con criterios
no menos selectivos. El régimen iraquí es una dictadura
brutal, pero hasta que atacó a uno de los peones estadounidenses
en el Golfo había sido armado y financiado por Occidente. Su historial
es menos sangriento que el del régimen indonesio, que durante tres
décadas fue el pilar principal de Occidente en el sudeste asiático.
La tortura era legal en Israel hasta ayer, abiertamente aceptada por el
Tribunal Supremo. A diferencia de Irak, Turquía, reciente candidata
a la entrada en la Unión Europea, ni siquiera tolera la lengua
de sus kurdos y, en calidad de buen miembro de la OTAN, tortura y encarcela
sin obstáculo alguno. En cuanto a la 'justicia internacional',
la farsa del Tribunal de la Haya sobre Yugoslavia, puesto que la OTAN
es juez y parte, se amplificará con el Tribunal Penal Internacional,
en el que el Consejo de Seguridad puede prohibir o suspender cualquier
acción que no le guste (es decir, que irrite a sus miembros permanentes).Además,
se invita a compañías privadas o millonarias -Walmart o
Dow Chemicals, Hinduja o Fayed, pongamos por caso- a financiar investigaciones
(Artículos 16 y 116). Sadam, en caso de que lo capturen, seguramente
será juzgado por este augusto tribunal. ¿Alguien se imagina
que Sharon o Putin o Mubarak alguna vez lo serán?
¿Cuáles son las conclusiones? Simplemente éstas:
maullar sobre la locura de Blair o la crudeza de Bush sólo sirve
para salvar los muebles. Los argumentos contra la guerra inminente serían
más creíbles si se centrasen en la estructura anterior al
tratamiento especial que las Naciones Unidas le otorgaban a Irak, en vez
de ocuparse de la cuestión secundaria de si hay que seguir estrangulando
despacio el país o bien sacarlo rápidamente de su miseria.
Perry Anderson, profesor inglés de Historia en la Universidad
de California en Los Ángeles (UCLA), publicó el 6 de marzo
de 2003 un ensayo titulado 'Casuistries of War and Peace' en la revista
London Review of Books (www.lrb.co.uk/v25/n05/ande01_.html),
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